Una vaina loca

Tyler Tribute Tyler – Jorge Plaza Marquez//
Recuerdos del desierto de Atacama

Foto: LA NACION Seis de la mañana de un día de invierno en el desierto de Atacama; es un freezer a campo abierto. Subimos con mis dos hijos adolescentes a un globo aerostático manejado por un australiano. Durante una hora, volando 600 metros por encima de los salares y la piedra molida del norte chileno, vemos salir el sol detrás de las montañas y escuchamos, bajo impacto metafísico, el sonido del silencio.

Bajamos del globo y encaramos en auto por una ruta que sube hacia el noroeste.

© Jorge Plaza Marquez

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Es un páramo. El desierto ya está ardido, pero los costados de la ruta se van llenando de nieve. Pasaremos el moderno puesto de frontera chileno sin que nadie nos diga nada, y un trecho más adelante hablaremos con un gendarme boliviano en su local precario.

León, con sus flamantes 17, acaba de sacar su licencia de conducir; pero el volante del auto todavía está en mi poder.

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La música, en cambio, es toda de ellos. Hasta hace poco, Benita se subía al auto y el 66,66% de su población (ella y yo) votaba por poner Aspen; pero ahora ella tiene 14, y rockeando.

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León, pianoman, pone primero algo de Saint-Saëns y después rock de los 70. Benita le pide que ponga “Mrs. Robinson”.

Somos una familia renga, o una especie de familia renga duplicada. A lo largo de la mayor parte de su niñez y adolescencia, mis hijos tuvieron dos casas, dos camas, dos cuartos y, a veces, dos vacaciones.

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La historia de la composición y la circulación de “Mrs. Robinson” es azarosa y errática. Antes de ser una canción completa, fue una serie de fragmentos aislados que el director Mike Nichols encajó en la película El graduado .

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Un mes después, Paul Simon juntó los pedazos y la convirtió en el tema que arrasó con el verano boreal del 68.

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Muchas partes de la letra eran improvisaciones fonéticas casi surrealistas, que no tenían nada que ver con nada.

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Hay dos versos que generan pasión interpretativa en los foros: “Where have you gone Joe DiMaggio?” y “Coo coo ca choo, Mrs.

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Robinson”. Se supone que este último es un homenaje a los Beatles. El Urban Dictionary, un diccionario estadounidense de expresiones coloquiales, generaliza y dice que “coo coo ca choo” era una frase usada por distintos músicos en los años 60 y 70, una especie de guiño que autorizaba la libre interpretación.

A lo largo de las décadas, la canción fue metiéndose en el repertorio melódico universal.

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En distintos momentos, Paul Simon explicó que no tenía idea de qué significaban esos versos. Pero su propia interpretación fue cambiando . Más adelante contó que una vez se encontró en un restaurante con Joe DiMaggio, héroe beisbolero de los New York Yankees y viudo de Marilyn Monroe.

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Yo no me fui a ningún lado, le dijo DiMaggio; soy vocero del Bowery Savings Bank y acabo de actuar en un aviso publicitario.

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Simon le explicó, en el apuro, que el significado del verso no era literal, que para él DiMaggio era un héroe de los que ya no había.

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Cuando DiMaggio murió en 1999, Simon había perfeccionado con solemnidad su historia acerca de un verso que había improvisado 30 años antes.

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“En tiempos de transgresiones presidenciales [Clinton] y de ventilación de intimidades sexuales en horas pico, lloramos la pérdida de su gracia y su dignidad, su ardiente sentido de la privacidad, la fidelidad al recuerdo de su esposa y el poder de su silencio”.

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Simon, entonces, fue invitado a prologar un partido homenaje a DiMaggio en el estadio de los Yankees. Solo con su guitarrita, tocó “Mrs. Robinson” (la versión puede verse en YouTube) e hizo que la multitud coreara, con lentitud y emoción, “Where have you gone Joe DiMaggio?”.

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El paso de las décadas había reinventado y calmado la tecla del sentido.

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El personaje de Mrs.

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Robinson (Anne Bancroft, la madre de todas las MILF) es uno de los más tristes de la historia del cine.

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Encerrada en un matrimonio sin amor, se engancha en un romance con Benjamin, el hijo de unos amigos (interpretado por el niñato improcedente Dustin Hoffman), que termina dejándola por su propia hija: Shakespeare se cruzaba con el folk rock y con la continuidad de los jardines del suburbio próspero americano.

Por algún motivo que no tiene que ver con nada, “Mrs.

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Robinson”, la canción de aprendizaje amoroso desparejo de Simon & Garfunkel, suena a todo volumen mientras surco con mis hijos lo más empinado y lo más bello de esa zona de nadie chileno-boliviana.

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Lo bueno de la música que nos gusta es que no hay que entenderla: siempre encontramos la manera de que nos diga algo.

LA NACION Revista Brando Revista Brando.

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