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Zenaida Urbano ||84 //
GUSTAVO TOVAR-ARROYO: El estrepitoso choque con la realidad

La prueba irrefutable

Salí de un almuerzo en la ciudad de Miami. Estaba ansioso. Recuerdo que las noticias del tortuoso maltrato que está recibiendo Leopoldo López en Ramo Verde agobiaban mi conciencia.

© Zenaida Claret Urbano Taylor

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Son crímenes de lesa humanidad, me dije, no estamos tan sólo frente a una dictadura más, la chavista es una dictadura de la peor estirpe criminal, la decadencia total de la nación es la prueba irrefutable de ello.

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Lilian me comenta que Leopoldo permanece incólume moralmente, su espíritu está intacto. ¡Qué ejemplo el que nos está dando! Llamé al editor del documental que estoy realizando sobre la peste política venezolana: el chavismo, y le confirmé que llegaría en media hora a nuestra cita.

¿Por qué tanta ansiedad?

El revire que pudo ser fatal

Ya montado en la autopista I-95, mientras conducía, merodeaba en mi mente la frase ?lucha espiritual?, no sé exactamente la razón, pero pensaba que nuestra lucha era espiritual porque lo hacíamos por principios, ideales y sueños; sí, sueños, aunque sonase idílico: ¿no había movido a Bolívar, Gandhi, Luther King o Mandela un sueño de libertad? En todo caso, luchábamos por intangibles, por visiones platónicas de una Venezuela posible, pero desgarradoramente negada por el chavismo.

De pronto, una camioneta pick up blanca se abalanzó sobre mí de manera amenazante, una y otra vez embistió contra mi vehículo como para orillarme o sacarme de la vía.

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La esquivé en varias ocasiones y, no miento, reviré, también empujé contra ellos al punto de que nos rozamos en varias ocasiones.

Mi revire pudo ser mortal.

El estrepitoso choque de un poeta con la realidad

Creo que en Venezuela somos pocos los ?soñadores?, tanta devastación, tanta hambre, tanto crimen e injusticia, tanta mortandad, tanto cinismo y corrupción, han causado estragos irreparables en nuestro espíritu, lo han vaciado de ilusión.

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Imaginar un país mejor, luchar por él, es casi un oficio de locos. Hay que sobrevivir, hay que comer, hay que esconderse del hampa común o del Sebin (aunque son básicamente lo mismo).

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¿Quién tiene tiempo de pensar en ensoñaciones o ideales nacionales? ¿Quién dedica su tiempo a semejantes mariqueras? Supongo que los poetas.

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Entre ellos el poeta -inconcluso- que dicen que soy yo, que ando montado en una nube de Venezuelas posibles, más humanas y libres, más prósperas y justas.

Hasta que te encuentras con la estrepitosa realidad que te hace chocar contra otro carro en una autopista, hasta que se te atraviesa una camioneta pick up blanca cuyo copiloto -y sus inundados ojos rojos- te lanza piedras y amaga con estar armado para dispararte?, y, ¡carajo!, aquel coñazo irreversible, aquella espantosa sensación que produce una bolsa de aire sobre tu rostro.

Y quedar aturdido, y despertar.

¿Atentado?

Me cuesta pensar que el narcochavismo tenga vela en lo que no fue mi entierro y aquel choque, mucho menos que sus perniciosas garras hayan llegado a los Estados Unidos, pero todo es posible en la viña mundial de su señorial malandraje.

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Debo ser absolutamente honesto, cuando me encontré a mí mismo destartalado en medio de la I-95 y me di cuenta que mi choque con la realidad no había sido contra la pick up blanca que me embestía sino contra una camioneta Toyota Four Runner negra, que no logré evadir, atribuí mi despertar a mi imprudente revire y no a un atentado político; pensé que fue un hecho fortuito y como tal lo asumí.

Sin embargo?

El verdadero choque histórico

Me quedé callado.

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Asumí mi imprudencia. No dije ni denuncié nada. Llamé al editor del documental para decirle que no llegaría a la cita porque había chocado y me dispuse a poner en orden mi accidentado naufragio con la realidad.

?¿Lucha espiritual??, recuerdo que pensé en algún momento entre grúas, ambulancias y policías.

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Sí, lo sigue siendo y lo será mientras nuestro aliento sea capaz de empañar una lámina de vidrio. No estaba mi Venezuela resistiendo al más salvaje choque histórico que había padecido en su vida republicana contra esa locomotora de cinismo que es el chavismo, ¿qué era mi choque en comparación con el accidente que había sufrido mi pueblo?

Nada, un carajo.

Los estrepitosos y frenéticos días siguientes

A mi choque le siguieron hechos frenéticos, muchos más estrepitosos que el mío.

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La peste chavista encarcelaba otra vez al noble Daniel Ceballos, perseguía al aguerrido Lester Toledo, detenía al brillante Yon Goicoechea, bombardeaba de **** al templo de la libertad que es El Nacional (mi otra casa) y amenazaba a diestra y siniestra a los miembros del partido de la libertad en Venezuela: Voluntad Popular.

No sé si todos estos choques con la realidad dictatorial venezolana sean casuales o sean orquestados por la crueldad chavista.

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La verdad, a estas alturas poco importa, lo que importa es la elevación moral, el idealismo, la fortaleza espiritual y la indoblegable convicción que nos mueve a seguir luchando.

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Son cosas del espíritu, y a él, al espíritu, ni se le encarcela ni se le asesina; persiste, prevalece mientras tenga ideales y sueños.

Y nosotros los tenemos inabarcables, inmensos, imbatibles, como excepcional y lúcidamente lo expuso David Smolansky cuando los esbirros del Sebin lo amenazaron.

El chavismo también ha chocado estrepitosamente con algo que no tiene ni conoce: nuestra moral, que es indoblegable, que no se arredra, que perdura.

Nuestro último destino es la libertad y el chavismo frente a nuestra lucha espiritual está hecho añicos.

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Es cuestión de tiempo. Somos mayoría. Ni nos cansamos ni perdemos.

Seguimos?

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Tags: Venezuela