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Hay que salir del engaño educativo

La República se encuentra en emergencia educativa. Desde hace más de una década la mayoría de los menores no cumple con su educación obligatoria, más del 50% de los alumnos de 15 años no comprende lo que lee y las escuelas más vulnerables reciben una educación de mucha menor calidad que la que el Estado garantiza por ley.

Foto: LA NACION Éste es sólo un resumen. Lo grave es la consecuencia de la emergencia: pese a los enormes esfuerzos, no se respeta el derecho constitucional de aprender en la mayoría de los menores en edad escolar.

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Pero esta dolorosa realidad no conmueve. Los chicos que abandonan la escuela y mueren asesinados por salir a robar armados (y drogados) o casos como el reciente del “Polaquito” no son vistos como víctimas de la mala educación.

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Se identifican el efecto, la inseguridad, pero no su causa, la tragedia educativa. Preferimos engañarnos.

Es conocida la encuesta realizada entre padres argentinos que responden que la educación de sus hijos está muy bien, pero que la educación en el país está muy mal.

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De alguna manera, esta respuesta sintetiza la posición de los diferentes actores del sistema: familias, docentes, sindicatos y Estado: “El problema no es nuestro, es de otros”.

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El Estado responsabiliza al sindicato; el sindicato, al Estado; los docentes, a los padres, y así sucesivamente nos enfrentamos a una serie de argumentaciones cruzadas que nos conducen al laberinto del engaño educativo.

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Veamos si podemos aportar una reflexión que nos conduzca a la salida.

En primer lugar debe reconocerse el problema y no minimizarlo.

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Abstrayéndonos por ahora de las causas, es importante que asumamos que estamos en emergencia y no cumplimos la ley de educación nacional, que desde hace más de una década garantiza (entre otras normas que no se cumplen) “las condiciones materiales y culturales para que todos los alumnos logren los aprendizajes comunes de buena calidad independientemente de su origen social, radicación geográfica, género o identidad cultural”.

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Asumir esta dura realidad es una obligación moral. Negarla es contribuir al engaño.

En segundo lugar debemos hacer todos los intentos, todos, para acordar los pasos concretos que deben recorrerse cuanto antes para salir de esta emergencia (y que ésta no se agrave).

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Llegó el momento de la grandeza patriótica. No es posible que las posiciones extremas impidan trabajar juntos a representantes de los sindicatos, de los gobiernos respectivos, del mundo académico y político y de organizaciones sociales y de padres en pos de la mejora de la escuela pública.

Todos son argentinos que aman su país y que saben a ciencia cierta que mucho más importante que las diferencias es el futuro de la Nación.

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No se trata de discutir solamente el salario o el presentismo. El tema es mucho más amplio y requiere de un esfuerzo sublime de todos por escuchar y comprender las distintas propuestas y superar las diferencias en un pacto nacional que, así como en 1983 puso en el centro la democracia, ahora ponga como prioridad la educación.

Debemos entender que es la base de la República: si este cimiento constituido por la buena educación y los valores que ella supone no es sólido, la construcción de varios pisos que se ha levantado sobre aquél se resquebraja y el edificio llamado Argentina no es sustentable.

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Es por eso que reunir a estos representantes (por una semana o los días que fueren menester) en algún lugar del interior de nuestro país a trabajar exclusivamente en un acuerdo por la emergencia debiera resultar en un acto de madurez y responsabilidad de los adultos hacia el principal desafío que tenemos como nación y que el Gobierno, a través del Presidente, ha asumido y debe ahora llevar a la acción: unirnos en pos de la mejora educativa nacional.

En definitiva, en un siglo XXI de cambios copernicanos producidos por la inteligencia artificial y la tecnología, en que la incertidumbre sobre el trabajo futuro nos reclama a gritos aprender a aprender, los argentinos debemos dejar las diferencias de lado, poner el foco en el aprendizaje y salir del engaño educativo: la culpa no la tiene el otro.

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Nietzsche decía que “a veces la gente no quiere escuchar la verdad porque no quiere que sus ilusiones se vean destruidas”.

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Pero las falsas ilusiones se protegen con un cristal muy fino para una pesada realidad que termina destrozando en mil pedazos la ficción que ellas suponen: la Argentina no aprende y sin buena educación no es viable.

Presidente de Proyecto Educar 2050

LA NACION Opinión Educación.

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