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Críticas al arbitraje en Rusia por la primera juez del mundo

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Las protestas de los jugadores ante fallos de los jueces no han podido acallarse ni con el VAR en el Mundial de Rusia que está llegando a las semifinales. “Este mundial ha sido desastrozo en eso, afirma Leonor Goia, la primera juez de fútbol del mundo, que comenzó a arbitrar en 1978 en Pando, su ciudad natal, y en esa actividad se mantuvo durante más de una década.

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“Han hecho jugadas peligrosas y faltas violentas y los jueces no sacaron ni amarilla. Y a alguno hasta lo han empujado. Si había que sacar roja, yo se la sacaba al presidente. Ahora están permitiendo demasiadas faltas, al mismo jugador lo golpean acá y allá, la famosa calesita, y el juez no marca la reiteración de la falta”, sostiene Goia, que dice seguir al día los cambios de reglas o las recomendaciones de la FIFA

La incorporación de tecnología para redondear un arbitraje justo es muy bien valorada por Goia, pero ella sostiene que en este mundial el VAR tampoco permitió acercarse a un 100 por ciento de efectividad en la sanción de penales, por ejemplo, por mano adentro del área

“Mano o brazo siempre es penal, si hay deliberación, intención, no si la tiene pegada al cuerpo o si usted se cae y la pelota le pega. Que la quieran cobrar o no los jueces es otra cosa”, afirma Goia

Otra gran objeción al arbitraje mundialista que hace la ex jueza es la colocación en los tiros libres cercanos a las áreas. “¿Cómo se van a poner al lado del jugador que va a tirar? Se tienen que ubicar en la línea de los que están en la barrera, para ver todo, los agarrones en la olla, como se decía. O no tienen personalidad o hay alguien de arriba que dice que no se puede cobrar todo. Ahora los jueces dudan mucho, cosa que yo no hacía, estaba siempre cerca de la jugada”, sentencia Goia, que recuerda entre sus jueces referentes al inspector Alejandro Otero y a Juan Daniel Cardellino, “porque eran estrictos”

—¿Cómo respondía usted a los gritos de la tribuna, a la presión de los de afuera?

—Mire, si yo estoy concentrada en esto, estoy concentrada. No existe más nada. Miraba al barrer si no había problemas pero las tonterías, lo que dijeran, no me distraía. Depende de la personalidad. Y trataba a todo el mundo de usted, aunque fueran amigos o parientes

—¿Alguna vez le ofrecieron plata? ¿Se enteró de jueces que aceptaran sobornos?

—En Pando o en Empalme Olmos nunca escuché nada de eso y yo no daba lugar, siempre mantuve distancia con los dirigentes. Y me mandaban a los partidos más difíciles, que se armaban líos a las piñas y con botellazos. A los directivos les decía: si usted tiene una barrita brava y hay grupos que se pelean, suspendo el partido y pido que le anulen la cancha por tres partidos. Si se arma lío no espero mucho rato. Toco pito y se suspende todo

—¿Hablaba mucho con los jugadores?

—Antes de empezar, venían los capitanes, al tirar la moneda, y yo pedía que vinieran los dos cuadros. —¿Ésta quién se cree?—dirían. Y bueno, les decía: si usted no sabe las reglas no retruque, las reglas las sé yo, para eso estudié. Si usted hace una jugada violenta, no espere la amarilla porque le saco roja de primera. Usted juegue y yo voy a cobrar lo justo

—¿Ganó algún peso siendo juez?

—Una miseria, me daba para la nafta cuando me tocaban los partidos lejos. Yo gané con los negocios

—¿Cómo vivió el vestuario?

—Eran de lata y tenían agujeros; mis compañeros líneas se ponían afuera para cuidar y alguna vez me contaron que se acercaban muchachos para tratar de mirar por los agujeros de las chapas. Pensarían que me tenía que sacar toda la ropa, la picardía siempre existió. Pero yo iba vestida desde mi casa, con un jogging encima. Y usaba los pantalones cortos hasta la rodilla, bermudas ajustadas, y las medias también hasta las rodillas. Y me bañaba en casa. La gente se llevaba un chasco

—¿Arbitró fuera de Canelones?

—Sí, en Lavalleja, en la ciudad de Solís de Mataojo, con cuadros bravos como el Nacional o Aguas Blancas. Pero nunca me pasó que protestaran y vinieran a rodearme. Hay que tener autoridad. No importa la altura del juez

Una vida de sueños con el fútbol y negocios Leonor Goia. Foto: Darwin Borrelli Leonor Goia quiso dedicarse al deporte desde niña, heredó esa cultura así como la de hacer crecer negocios desde la nada. Su padre, que en Montevideo llegó a jugar en Miramar, era centrohalf en el Atlanta Juniors de Pando y también corría maratones, mientras vivía de un almacén de ramos generales y el alquiler de casas. Ese hombre, solidario con todo el barrio Atlanta, fue quien le regaló la primera pelota y armó cuadros de niñas para que su hija cumpliera el sueño y convirtiera sus primeros goles. Pero Leonor no se contentaba solo con el fútbol, también compitió en atletismo, especializándose en sus pagos en carreras de velocidad, hasta alcanzar una marca de 122 en los cien metros llanos. En dos ocasiones llegó a Montevideo para que se corroborara el logro y poder competir fuera de fronteras, pero primero un accidente y después una intervención quirúrgica le cerraron la puerta a esos sueños, aunque no a otros posteriores, muy diversos entre sí, como construir un invernáculo y producir tomates, inaugurar una cancha de fútbol y un almacén en Rincón de Pando, o hacer el curso de árbitro y abrir una cadena de pequeñas librerías en Atlántida, Piriápolis y Montevideo que pasaron a manos de sus 6 hijos