Me da Vaina

Dio a luz a una niña para luego morir ahogada

CUALQUIERVAINA.COM / El Observador / Solo en una semana las autoridades italianas han recuperado en las inmediaciones de la isla de Lampedusa 400 cuerpos de inmigrantes africanos que quieren cruzar el mediterráneo para llegar a Europa. Un drama cotidiano y lejano que encierra historias de horror, algunas de ellas retratadas en una nota publicada por El País de Madrid. Lampedusa está a mitad de trayecto entre las costas de Túnez y las de Sicilia. Pietro Bartolo, jefe del centro sanitario cuenta: “La noche del viernes, siete de los 21 cuerpos que llegaron a Lampedusa eran de niños, pequeñísimos todos, entre seis meses y un año. Verlos llegar uno detrás de otro ha sido una tortura, una tortura infinita”. “Uno de los supervivientes, un sirio que no llegaría a los 30 años, contó que él, su esposa y una hija de nueve meses habían sido rescatados del agua y llevados a Lampedusa en buen estado de salud. La mujer, sin embargo, estaba bajo shock, no conseguía articular palabra. El marido, llorando, contó por qué: “Cuando la barcaza volcó, agarré a la niña pequeña y la apoyé en mi pecho. Mi mujer estaba muy lejos, pero nuestro otro hijo había desaparecido. Luego lo hemos visto flotar, muerto, no hemos sido capaces de alcanzarlo”. El País cuenta que “una joven siria encinta que dio a luz en el mismo barco que el viernes naufragó entre Malta y Lampedusa. Había sido asistida por su marido y por seis médicos sirios que formaban parte de los fugitivos de su tierra en guerra. “El parto fue bien”, según contó después uno de los supervivientes, “y todos festejaron el nacimiento como una señal de fortuna. Pero poco después el barco se fue a pique y murió. De toda la familia que viajaba junta, solo quedó el marido”. En medio de un centro de acogida abarrotado, donde los recién llegados, todavía temblando, se mezclan con el millar que llegó en las noches anteriores, el marido que se había quedado solo gritaba y se pegaba contra las paredes, incapaz de soportar tanto dolor. “Temíamos que se suicidara”, dice uno de los psicólogos llegados desde Roma para intentar echar una mano, “no queríamos quitarle el ojo de encima, ¿pero quién nos dice que esos que no abren la boca, que están sentados en un rincón y no quieren ni probar bocado, no escondan una historia parecida? ¿Qué habrán visto en el mar? ¿A quién no habrán podido salvar?”. “Desde hace años, los vecinos de Lampedusa llevan gritando: “¿¡Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla!?, concluye la crónica.