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Caer en picado con tres metros de tela

Abc / DUBAI. El hispano-venezolano Ernesto Gainza reconoce que aún no ha superado el miedo que pasó cuando logró en Dubái la pasada primavera un atrevido récord del mundo: saltar desde un avión con el paracaídas más pequeño jamás fabricado.

/ YouTube, TIG Media

“Llevaba una visera negra porque no quería que la gente me viera la cara de susto… “, admite este experto paracaidista de 35 años en una entrevista con EFE.

El pasado 5 de abril descendió desde 4.500 metros a 140 kilómetros por hora con un paracaídas de 3,1 metros cuadrados y llegó a soportar una fuerza de gravedad de 6,5 G, similar a la que se enfrentan los pilotos de aviones en vuelos acrobáticos.

“Hay muchas cosas que realmente pudieron haber salido mal a pesar de que iba equipado con lo mejor de lo mejor, incluso con una computadora que abría el paracaídas de reserva en el caso de que me desmayara en el aire”, asegura Gainza.

Sin embargo, todo salió bien. Nada más tocar tierra un representante del libro Guinness de los récords entregó al paracaidista el correspondiente certificado con su marca, que anteriormente estaba en manos del brasileño Luigi Cani, quien le ayudó a superar la prueba.

Gainza, vicegerente del centro Skydive Dubái , que permite hacer saltos sobre la impresionante isla artificial de La Palmera, practica el paracaidismo desde 2003, cuando, tras lanzarse al vacío y comprobar que “no había nada superior en el mundo”, dejó la tabla de surf.

“Siempre me ha gustado la velocidad y soñaba que caía muy rápido. Hacía surf en Venezuela y un amigo me recomendó el paracaidismo. Entonces vivía en Inglaterra, y una de las veces que estaba bien de dinero lo probé y realmente me gustó, fue un enamoramiento inmediato”, señala.

Igual que él piensan muchos de los aficionados (hay unos 100.000 en todo el planeta) con los que salta en calidad de instructor, sobre todo las mujeres, quienes -asegura- al tocar el suelo lo primero que dicen es que la experiencia es “mucho mejor que el sexo”.

Gainza es amigo del príncipe heredero de Dubái, el jeque Hamdan bin Mohamed bin Rashid Al Maktum , propietario de Skydive Dubái, quien no pudo evitar lanzarle un “Ernesto, estás loco” cuando abrió el paracaídas con el que batió el récord, construido ex profeso por una fábrica especializada de Nueva Zelanda.

El paracaidista nació en la ciudad venezolana de Valencia de padre vasco y residió durante seis años de su vida entre Madrid y Barcelona.

Pese a estudiar Derecho en Maracay (Venezuela), optó por dedicarse a lo que verdaderamente le apasiona: enfrentarse al espacio entre un avión y la tierra con un pequeño trozo de tela. Hoy mantiene que puede ingresar lo necesario para vivir bien gracias al elevado nivel profesional que ha alcanzado, que incluso le ha permitido ser instructor de militares en Venezuela, España y la República Checa.

Desde hace tres años reside en Dubái, ciudad que considera como la “más adecuada para las personas que buscan oportunidades y quieren invertir” a medio o largo plazo, y, aunque no olvida Venezuela, desearía volver a España o a Eslovenia, la tierra de su mujer.

“Venezuela es mi país, lo amo y me duele. Mi madre estuvo hace dos días cuatro horas en una cola para conseguir papel higiénico y cuando llegó al mostrador se había terminado. La situación es verdaderamente lamentable”, confiesa.

Ahora Gainza, que ha llegado a aterrizar sobre un globo aerostático y a protagonizar otras hazañas que no puede contar “porque son ilegales”, ya tiene su punto de mira en un nuevo récord.

“Es posible bajar la marca entrenando, con mucho esfuerzo y siendo consciente del peligro que se asume. Por cada 2 pies cuadrados (0,18 metros cuadrados) que se reduce la superficie, el riesgo aumenta un 15 por ciento. No digo que no sea posible, aunque antes de intentarlo tendré que pedirle permiso a mi esposa…”, concluye.