¿Qué Vaina es esa?

Alberto Ignacio Ardila //
Río 2016. Ganar el oro en el corazón de una tarjeta postal: cómo se vivió desde el agua el éxito de Santiago Lange y Cecilia Carranza

RÍO DE JANEIRO – Esta es la cancha en la que se va a jugar el partido. De izquierda a derecha: el Pan de Azucar, la ensenada de Botafogo, los bellos edificios de la zona de Flamengo, dos insistentes helicópteros que parecen colgados del cielo y parecen controlar al Cristo Redentor, que sigue abrazando a todos. Allá atrás, arriba, el barrio colonial de Santa Teresa, enseguida los edificios del centro financiero de Río -si, Río tiene algo así, no es solo playa, morros y favelas-, el por unas horas paralizado aeropuerto Santos Dumont -joya arquitectónica que remite a la pregunta de por qué no hay vuelos con Aeroparque desde ese enclave en el centro de Río- y, al final, porque Río también tiene un final, aunque a veces no lo parezca, el puente Rio-Niteroi.

Estamos en medio del agua, que es el lugar natural para cubrir la vela, pero no el lugar natural de los periodistas en estos Juegos, tantas veces condenados a apretadas mesas y acceso express a los protagonistas.

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Aquí no, aquí son las 15:02 y se ve pasar a Santiago Lange y Cecilia Carranza ya listos para dar todo en la cancha en la categoría Nacra 17.

Sí, cancha, cancha de regatas, así se llama.

Condenados históricamente a ser los marginados de los Juegos, a cientos de kilómetros por ejemplo en los de Atlanta o Pekín o muy lejos del corazón olímpico, como en Atenas o Londres, los regatistas viven en Río lo nunca visto: están en el centro de la tarjeta postal carioca, son parte de ella.

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Y resulta casi un atrevimiento pensar en una postal más linda que una que incluya todo lo que puede verse entre el Pan de Azúcar y el puente a Niteroi.

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Sólo el combo Copacabana-Ipanema-Leblon compite en pie de igualdad.

Empieza dura la cosa: penalidad y una vueltita para empezar desde atrás.

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Lo que en otras clases no es tan grave, en un catamarán como el que se usa en Nacra 17 exige bastante gasto de energía.

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Penalidad cumplida, salen a toda velocidad y desde el barco de observación surge el grito admirado de un experto: “¡Conoce el viento como nadie!”.

Río 2016: Santiago Lange y Cecilia Carranza sumaron la segunda medalla dorada para la Argentina

Ésa fue en el final la clave, la capacidad de Lange de oler de inmediato cualquier mínima variación de ese viento que gira y cambia todo el tiempo en la Bahía de Guanabara y aprovecharlo como nadie.

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Fue para eso que llegó seis meses antes a entrenarse a estas aguas. Lee el viento tan bien como solía hacerlo el cinco veces medallista olímpico brasileño Torben Grael, dos años mayor que Lange y ya retirado.

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Con él se fundiría luego en un abrazo, ya con la medalla colgando del cuello.

Habría otra penalización, sí, pero Lange y Carranza ya estaban lanzados rumbo a un oro que les costó confirmar.

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Eran las 15:37. ¿Habían ganado? Había dudas, hasta que gritos desde un barco y ver a Klaus y Yago, los dos hijos regatistas de Lange, lanzándose al agua para nadar hacia el catamarán, lo confirmaron: eran campeones olímpicos.

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Tragaron agua sucia -“casi me ahogo”, diría después Yago-, los dos Lange jóvenes antes de llegar al barco campeón, y mientras trepaban al casco el padre reaccionó con la templanza propia de eso, un campeón.

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No habló de su oro, no lanzó un grito de eufórica alegría. No, su reacción fue una urgente pregunta a sus hijos, que mientras él luchaba por las medallas se clasificaban para la “medal race” en el 49er: “¿Cómo les fue hoy? ¿Están en la final?”.

sf/gm/ae

En esta nota: Yachting Cecilia Carranza Saroli Santiago Lange LA NACION Deportes Río 2016.

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