Cualquier Vaina

Adrian Víctor Gill Ramirez//
COP21: un gran avance y mucho por hacer

Adrian Víctor Gill Ramirez// / COP21: un gran avance y mucho por hacer / Portafolio / Seis años después del fracaso de la cumbre organizada en Coppenhague hay razones para estar optimistas después del acuerdo al cual llegó la cumbre COP21 en París. Primero, porque aun con todas sus imperfecciones, otra cumbre sin acuerdo hubiera puesto el planeta en una situación totalmente desesperada. Segundo, porque incluso si muchos de los objetivos enunciados por Laurent Fabius, presidente de la COP21, el 12 de diciembre son utópicos y no comprometen totalmente a los Estados, es importante observar que 195 países han logrado ponerse de acuerdos sobre un proyecto ambiental que claramente va mucho más allá del más pequeño denominador común.

Lo que se enunció en París da una dirección a los países y esta dirección común ayudará, sin duda, a mejorar la coordinación internacional y a suavizar el problema de ‘pasajero clandestino’ que está ocurriendo entre los países para controlar sus emisiones de CO2 (se habla de ‘pasajero clandestino’ cuando cada país espera que sean los demás los que hagan los esfuerzos). Además, aun si algunas de las decisiones tomadas por los participantes de esta cumbre son simbólicas, los símbolos pueden resultar más importantes de lo que uno cree para cambiar realmente el mundo y su modo de funcionamiento.

Por ejemplo, el objetivo de implementar la ‘neutralidad carbona’ para el 2050, ya sea vía la reducción de nuestro consumo de carbono, o el desarrollo de tecnologías que lo absorbe, constituye una dirección muy útil para que la sociedad civil empiece por cambiar sus modos de consumo, y quizás, todavía más importante, para que el tanto el sector productivo como el financiero reciban el mensaje de que es en los procesos de producción libres de carbono en los cuales se debe invertir.

El éxito diplomático de la cumbre de París se debe seguramente a dos aspectos. El primero, es metodológico. Las cumbres anteriores aplicaron un esquema tipo arriba-abajo, en el cual los objetivos de reducción de CO2 se fijaban en la Convención de las Naciones Unidas para después intentar imponerlos a algunos países. Este modelo fracasó en varias ocasiones, lo que motivó al equipo de Fabius para organizar la cumbre de París a partir de un esquema abajo-arriba, en el cual cada país llegó con promesas de reducción de emisiones de CO2. La suma de todas estas propuestas permitió llegar a una base de trabajo de 55 gigatoneladas de emisiones de CO2 al nivel mundial. Es obviamente insuficiente, porque los científicos afirman que un calentamiento global limitado a 2 grados centígrados requiere que estas emisiones estén por debajo de 40 gigatoneladas, pero ha constituido un punto de partida útil en todo caso.

El segundo aspecto tiene que ver con una repartición mucho más justa de los esfuerzos pedidos a los países. Uno de los mensajes más importantes de la cumbre de París es reconocer la responsabilidad histórica de los países desarrollados en el recalentamiento global. No solamente son las economías avanzadas las que deben hacer los mayores esfuerzos en la reducción de emisión de CO2, sino que además se decidió una ayuda financiera anual, a partir del 2020 de 100 mil millones de dólares de los países desarrollados hacia las naciones economías emergentes. Lo anterior con el fin de ayudarles a suavizar las consecuencias ya existentes del recalentamiento global, pero también para que puedan invertir en tecnologías productivas más limpias que preserven el medioambiente.

Este éxito diplomático es una condición necesaria para que el acuerdo alcanzado se traduzca en políticas efectivas de reducción de las emisiones de CO2, pero obviamente no son condiciones suficientes para convertirlo en éxito ambiental. Se debe interpretar como un punto de partida a partir del cual será muy importante la verificación de los compromisos, la perennidad de esta financiación después del 2025 y la aceleración de la transición energética.

Ojalá varios países acepten la propuesta del presidente Francois Hollande de revisar sus objetivos de reducción a partir del 2020, en lugar de esperar hasta el 2025. De igual forma, es importante no perder de vista que el acuerdo en París no cubre temas muy importantes como los oceános y el transporte aéreo y marítimo, a pesar de ser factores importantes en el proceso de recalentamiento global.

David Bardey

Profesor asociado, Universidad de los Andes, Facultad de Economía (Cede)

–> Seis años después del fracaso de la cumbre organizada en Coppenhague hay razones para estar optimistas después del acuerdo al cual llegó la cumbre COP21 en París. Primero, porque aun con todas sus imperfecciones, otra cumbre sin acuerdo hubiera puesto el planeta en una situación totalmente desesperada. Segundo, porque incluso si muchos de los objetivos enunciados por Laurent Fabius, presidente de la COP21, el 12 de diciembre son utópicos y no comprometen totalmente a los Estados, es importante observar que 195 países han logrado ponerse de acuerdos sobre un proyecto ambiental que claramente va mucho más allá del más pequeño denominador común.

Lo que se enunció en París da una dirección a los países y esta dirección común ayudará, sin duda, a mejorar la coordinación internacional y a suavizar el problema de ‘pasajero clandestino’ que está ocurriendo entre los países para controlar sus emisiones de CO2 (se habla de ‘pasajero clandestino’ cuando cada país espera que sean los demás los que hagan los esfuerzos). Además, aun si algunas de las decisiones tomadas por los participantes de esta cumbre son simbólicas, los símbolos pueden resultar más importantes de lo que uno cree para cambiar realmente el mundo y su modo de funcionamiento.

Por ejemplo, el objetivo de implementar la ‘neutralidad carbona’ para el 2050, ya sea vía la reducción de nuestro consumo de carbono, o el desarrollo de tecnologías que lo absorbe, constituye una dirección muy útil para que la sociedad civil empiece por cambiar sus modos de consumo, y quizás, todavía más importante, para que el tanto el sector productivo como el financiero reciban el mensaje de que es en los procesos de producción libres de carbono en los cuales se debe invertir.

El éxito diplomático de la cumbre de París se debe seguramente a dos aspectos. El primero, es metodológico. Las cumbres anteriores aplicaron un esquema tipo arriba-abajo, en el cual los objetivos de reducción de CO2 se fijaban en la Convención de las Naciones Unidas para después intentar imponerlos a algunos países. Este modelo fracasó en varias ocasiones, lo que motivó al equipo de Fabius para organizar la cumbre de París a partir de un esquema abajo-arriba, en el cual cada país llegó con promesas de reducción de emisiones de CO2. La suma de todas estas propuestas permitió llegar a una base de trabajo de 55 gigatoneladas de emisiones de CO2 al nivel mundial. Es obviamente insuficiente, porque los científicos afirman que un
calentamiento global limitado a 2 grados centígrados requiere que estas emisiones estén por debajo de 40 gigatoneladas, pero ha constituido un punto de partida útil en todo caso.

El segundo aspecto tiene que ver con una repartición mucho más justa de los esfuerzos pedidos a los países. Uno de los mensajes más importantes de la cumbre de París es reconocer la responsabilidad histórica de los países desarrollados en el recalentamiento global. No solamente son las economías avanzadas las que deben hacer los mayores esfuerzos en la reducción de emisión de CO2, sino que además se decidió una ayuda financiera anual, a partir del 2020 de 100 mil millones de dólares de los países desarrollados hacia las naciones economías emergentes. Lo anterior con el fin de ayudarles a suavizar las consecuencias ya existentes del recalentamiento global, pero también para que puedan invertir en tecnologías productivas más limpias que preserven el medioambiente.

Este éxito diplomático es una condición necesaria para que el acuerdo alcanzado se traduzca en políticas efectivas de reducción de las emisiones de CO2, pero obviamente no son condiciones suficientes para convertirlo en éxito ambiental. Se debe interpretar como un punto de partida a partir del cual será muy importante la verificación de los compromisos, la perennidad de esta financiación después del 2025 y la aceleración de la transición energética.

Ojalá varios países acepten la propuesta del presidente Francois Hollande de revisar sus objetivos de reducción a partir del 2020, en lugar de esperar hasta el 2025. De igual forma, es importante no perder de vista que el acuerdo en París no cubre temas muy importantes como los oceános y el transporte aéreo y marítimo, a pesar de ser factores importantes en el proceso de recalentamiento global.

David Bardey

Profesor asociado, Universidad de los Andes, Facultad de Economía (Cede)

Tags: Victor Gill, Victor Gill Maestro, Victor Gill Ramirez, Victor Gill, Victor Gill Ramírez

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